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martes, 15 de octubre de 2013

Dolarizar o crear una nueva moneda

La moneda venezolana, el bolívar fuerte, tiene una devaluación acumulada que llega hoy en día, octubre del año 2013,  al millón por ciento y ello impide la recuperación de su capacidad de compra. En efecto,  para el año 1983 1 dólar representaba 4,30 bolívares pero ahora ese mismo dólar representa una cantidad que legalmente no se puede decir en Venezuela pero que en términos porcentuales significa un aumento del millón por ciento aproximadamente en el mercado que tampoco se puede nombrar en Venezuela.
En el año 2008 Venezuela hizo una reforma monetaria para quitarle tres ceros a la moneda. Pero ello no modificó la realidad de los precios. La medida se adoptó para intentar controlar la inflación y, además, para simplificar las operaciones con la moneda, especialmente las cuentas nacionales, ya que las cifras de presupuestos y otras cantidades de recursos públicos cada día se hacían más difíciles de manejar debido al crecimiento de la inflación. Lo cierto es que 1 bolívar fuerte de hoy equivale en realidad a 1000 bolívares del año 2008 antes de restarle los ceros. En consecuencia, 6,30 bolívares de hoy, que es la cotización oficial del dólar significan realmente 6.300 bolívares de los viejos. El precio de una manzana hoy es de 50 bolívares, pero en la realidad eso significa que una manzana cuesta 50.000 bolívares de los viejos, hecho que pone en evidencia hasta dónde ha llegado la devaluación de la moneda. Por esa razón a Venezuela no le quedan sino dos alternativas si quiere recuperar el poder de compra de la moneda, abatir la inflación, acabar con la escasez y estabilizar los precios: a) dolarizar la economía o b) crear una nueva moneda atada al dólar. Esas fueron las fórmulas que emplearon los países de América Latina para superar su crisis económica e hiperinflación en los años 80  y 90 y es el camino que debería seguir Venezuela en la actualidad.
Si bien la economía hasta ahora no ha entrado en un proceso de hiperinflación, el nivel de devaluación de la moneda es de tal magnitud que no deja otras opciones sino las expresadas en el párrafo anterior.
La dolarización formal, o sea, la adopción del dólar como única moneda de curso legal no es lo más conveniente, pero se puede encontrar una solución mixta:
a)      La creación de una nueva moneda, que he llamado el bolívar oro, con valor 1 a 1,  a la par del dólar,  de valor fijo y  cambio libre en el mercado y respaldada 1 a 1 por dólares, oro y las reservas petroleras de Venezuela y
b)      La dolarización informal, es decir, permitir el libre uso del dólar en todas las transacciones de la economía.
Lo más difícil es determinar a cuanto por dólar o bolívar oro se debería convertir la masa monetaria existente hoy. Por ejemplo, en el año 2000, el Presidente Jamil Mawad, de Ecuador, en una situación similar, aceptó la cotización del mercado que era entonces de 25 mil sucres por dólar. En Venezuela no se podría hacer algo así porque sería un caos. Habría, pues, que establecer una paridad justa e inmediatamente articular la nueva estructura de costos, precios y salarios de la economía en base a la nueva moneda el bolívar oro y el dólar.
El esquema de circulación conjunta de la moneda nacional y el dólar se aplicó en Argentina en tiempos de la Convertibilidad, en El Salvador a partir del año 2001 y se aplica en Nicaragua y Perú. En Ecuador la situación es diferente porque ese país adoptó el dólar como única moneda de curso legal a partir de enero del año 2000 y lo ha mantenido hasta el presente. En Panamá la moneda oficial es el Balboa pero todas las transacciones se hacen en dólares, porque el Balboa existe sólo en moneda fraccionaria. Como puede apreciarse, varias naciones de América Latina, con recursos menores a los de Venezuela, emplean indistintamente sus monedas nacionales y el dólar en sus economías.
Dejo constancia que conozco la Ley de Gresham y sé lo que implica la circulación de dos monedas de diferente valor, pero este no sería el caso de Venezuela, porque, como ya se dijo, el bolívar oro se cotizaría a la par del dólar y con su misma fortaleza porque estaría respaldado 1 a 1  por dólares, oro y las reservas petroleras venezolanas.
Mantener la libertad de cambio de la moneda tiene sus riesgos. Uno es la llegada de capitales especulativos que en cualquier momento pueden emigrar creando una crisis en la balanza de pagos, pero para evitar esas situaciones están las autoridades monetarias y financieras que pueden adoptar previsiones en la materia. Una de esas medidas es mantener un nivel suficientemente alto de reservas en divisas y oro, cosa que sería posible en Venezuela por ser un país petrolero con ingresos permanentes y crecientes de divisas, si se usan esas divisas debidamente, cobrando efectivamente el petróleo y si se atesora el oro de Guayana.
La otra medida es ejercer un control sobre las importaciones para proteger tanto la cuenta corriente como la cuenta de capital de la balanza de pagos. La falta de control en esa materia fue lo que contribuyó a acentuar la crisis de Argentina en los 80 y 90, golpeando a la agricultura e industria de ese país, provocando la hiperinflación y el desempleo. Por eso, es muy importante conocer las experiencias de otros países.
La otra decisión fundamental para el logro del proceso de recuperación económica de Venezuela es detener el endeudamiento y hacer todo lo posible por pagar la deuda externa existente, porque la deuda si es un factor desestabilizador de la economía de los países.
Adoptando el conjunto de medidas antes anunciadas, Venezuela acabaría con la causa fundamental de la inflación y la escasez y emprendería el camino hacia el progreso, pero ello requiere del diseño y puesta en práctica de una nueva y diferente política económica.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Los efectos políticos de la hiperinflación, el espejo en que Venezuela debería mirarse

El notable economista norteamericano Paul Anthony Samuelson (1915-2009), Premio Nobel de Economía 1970, escribió una concepto digno de tener siempre presente; dijo Samuelson que “El ciclo económico presenta a las naciones democráticas un desafío, casi un ultimátum: o consiguen controlar las depresiones y las inflaciones extremadas mejor de lo que lo hicieron hasta la Segunda Guerra Mundial, o la estructura política de la sociedad estará en peligro.” Y agregaba que “la solidez política de una democracia está estrechamente ligada al mantenimiento efectivo y firmemente estable de la calidad de vida y alto nivel de empleo, hasta el punto de que no sería aventurado afirmar que la multiplicación de las dictaduras y la Segunda Guerra Mundial resultante se deben, en gran parte, a la incapacidad del mundo para enfocar adecuadamente el problema económico.” (1)
Samuelson tenía muy claro que la Gran Depresión con sus secuela de desempleo fue lo que provocó la radicalización política de Europa y de los mismos Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX y por eso, después de la guerra, publicó en sus libros las citadas advertencias, para que los líderes políticos evitaran en el futuro la repetición de tan desafortunados acontecimientos.
Los orígenes de la inflación en los últimos años
El período de treinta años entre 1945 y 1975, fue llamado la Era de Keynes, una etapa caracterizada por el crecimiento del empleo, la producción y la recuperación económica de los países devastados por la Segunda Guerra Mundial. Pero a partir de 1975, debido a las manipulaciones monetarias de algunos países, especialmente de Alemania, la economía mundial volvió a entrar en una etapa de incertidumbre y el fenómeno de la inflación y el desempleo comenzó a dar signos de reaparición. A ello contribuyó, además, luego, en 1973,  la decisión de los países de la OPEP de suspender el suministro de petróleo a Estados Unidos y los países que habían apoyado a Israel durante la Guerra del Yom Kipur (octubre de 1973), hecho conocido como el embargo petrolero árabe, lo cual provocó un incremento violento de los precios del petróleo y desató la recesión en Occidente.
El aumento de los precios del petróleo generó una nueva realidad financiera mundial, en la que los países petroleros comenzaron a disponer de recursos extraordinarios que nunca antes habían disfrutado. Esa inmensa riqueza que salió de los grandes países industrializados, especialmente, como grandes compradores de petróleo, volvió a esos países en forma de depósitos en sus bancos, ya que los países petroleros colocaron ese dinero en la banca internacional. Es allí cuando comienza a tomar forma la crisis de la deuda de los países en desarrollo, que se haría visible en la década de los ochenta, ya que los bancos buscaron formas para colocar la nueva cantidad de dinero entre los países en desarrollo que, por lo demás, se veían obligados a contraer los préstamos al no tener como pagar los nuevos precios de la energía y los nuevos precios de los productos terminados que compraban en las naciones industrializadas.
Los hechos antes narrados afectaron en primera instancia a las naciones de la América Latina, especialmente a Argentina, Bolivia, Brasil y Perú, países que experimentaron procesos de hiperinflación en los años ochenta y noventa del siglo XX. Un elemento común al proceso de hiperinflación en esos países fue la crisis de la deuda externa, ya que llegó un momento en el que no pudieron pagar sus compromisos y ello los obligó a devaluar sus monedas, hecho que, en mi opinión, fue la causa principal de la hiperinflación en esos países, sin descartar, por supuesto, otros elementos estructurales.
La solución
La solución común al problema de hiperinflación en cada uno de los países antes citados fue el establecimiento de un cambio fijo de la moneda. Esa fue la decisión clave del programa económico adoptado por el ministro Domingo Cavallo, en Argentina, en 1991, medida que junto a otras de carácter fiscal le permitió a ese país controlar la hiperinflación, después de muchos años intentando lograrlo sin éxito. Medidas similares fueron adoptadas por Bolivia, que tuvo el mayor índice de hiperinflación del continente en los años ochenta y lo corrigió adoptando un tipo de cambio fijo y reformas fiscales. El Perú siguió un camino similar, al igual que Brasil y lograron revertir el proceso de hiperinflación.
Venezuela debería considerar la experiencia de otros países latinoamericanos
Venezuela, que está al borde de la hiperinflación, debería considerar la experiencia de los países de Latinoamérica que ya pasaron por ese proceso y diseñar un programa de control de la hiperinflación. El concepto de programa de estabilización, lamentablemente está muy desacreditado, pero se debe crear una fórmula para responder a la urgente necesidad de evitar que la hiperinflación avance y ello pasa, necesariamente, por la creación de una nueva moneda con cambio fijo, a la par del dólar, que he llamado el bolívar oro. La devaluación acumulada en Venezuela es de más de 800 mil por ciento si se considera la cotización  del mercado que no se puede decir. Cuando un país llega a ese nivel de devaluación no tiene otra alternativa sino generar la confianza necesaria para restablecer los equilibrios de la economía y ello requiere atarse, de alguna forma, a la moneda internacional de pago, que es el dólar.
(1)    Paul Anthony Samuelson, Curso de Economía Moderna, páginas 3 y 420, Aguilar, Madrid, 1975, citado por Pablo Rafael González en Una Idea Concreta para Combatir la Desocupación, la Doble Jornada y la Media Jornada, página 8, Book Surge Publishing, 2006, North Carolina, USA.